ME ENAMORÉ DE UN PRESIDIARIO
ME ENAMORÉ DE UN PRESIDIARIO
Ya era media noche, cuando me encontraba en mi habitación intentando hacer una obra que debía entregar en el plazo de unas semanas.
Estaba absorta en ello, cuando sonó el teléfono y me apresuré en ir a cogerlo como presintiendo algo no muy grato, más bien por el horario intempestivo. Era Eva, la madre de mi ahijado quien con voz bastante agitada me contaba lo sucedido. –Perdona que te llame a estas horas pero…¡Han detenido a Toni! Lo acusan de tráfico de drogas y venta a menores.
Traté de calmarla, aunque manifestando también mi preocupación. Hay que tener fe en la justicia y sobre todo, paciencia. Fueron mis palabras de ánimo y consuelo hacia ella, después de una larga conversación.
Habían detenido a Toni, y lo habían conducido a la cárcel. Aunque él lo negó, fue acusado de tráfico de drogas y venta a menores, y mientras no se demostrara su inocencia debería permanecer en ella en régimen preventivo, hasta que saliera el juicio. Tenía 18 años y era la primera vez que le vio los ojos al miedo.
Para su familia fue un dolor añadido, sobre todo para Eva ya que llevaban unos días muy afligidos por la reciente muerte de su marido.
Para mí también fue penoso porque le quiero mucho. Es un chico prudente y educado, sinceramente creo que no merecía encontrarse en esa situación.
Cuando colgué el teléfono, me embargó una gran tristeza, y no pude comenzar la obra que pretendía iniciar, por ahora sin éxito.
Me asomé al balcón y estuve unos minutos mirando la luna y las estrellas, que son las que alegran mi soledad, al poco rato me fui a la cama, pues al día siguiente me esperaba muchos quehaceres.
La noche se me hizo muy larga, el amanecer parecía no tener prisa en desplegar su capa.
Cuando asomaron los primeros destellos de sol me levanté e intenté de nuevo iniciar la tarea que había aplazado la noche anterior, pero no me concentraba, me sentía nerviosa por lo sucedido al chico. Así pasé tres días, por más que lo intentaba, no avanzaba. Pensé en ir a visitar a Toni para expresarle mi apoyo y me contará lo sucedido, y tal vez aliviara la preocupación que frenaba mi concentración en el trabajo, entre otras cosas.
Yo vivía en los extramuros por lo que tuve que coger el tren para ir a la ciudad.
Ya en la ciudad, cuando vi el primer coche de la policía, que estaba precisamente parado, porque un agente estaba multando a un conductor mal aparcado, me dirigí sin dar tregua hacia él, para preguntarle dónde estaba ubicada la cárcel, porque tenía una ligera idea de la zona en que se hallaba, pero no con exactitud. En el asiento del copiloto, otro agente aparentemente bastante alterado, con el transmisor en la mano contestaba a su interlocutor, a la vez que le daba órdenes. Lógicamente esperé que terminara para no interrumpirle. De buen agrado el agente me indicó dos direcciones, una de ellas era más corta pero estaba en obras.
Elegí la más larga y comencé a caminar cruzando varias calles hasta entrar en un callejón que parecía no tener fin, y poco antes de llegar al final me encontré con un hombre, no muy alto, moreno, llevaba una camisa y pantalón vaqueros, aparentemente de carácter serio, me dirigí hacia él y le pregunté dónde estaba situada la cárcel y educadamente, pero con una seriedad imponente. –¿Ve aquel monumento al maestro? Pues camine unos cincuenta metros a la derecha, y verá un edificio blanco muy alto, pues detrás está la cárcel. Y siguió su camino muy apresurado, mientras alzando la voz para que me oyera, le di las gracias.
A los pocos minutos me encontraba frente a la puerta de la cárcel, pedí permiso al guardia que allí se encontraba y me hizo pasar a un despacho en el que expuse la razón de mi presencia. El señor que me atendió me explicó que debía rellenar unos documentos para tramitar la correspondiente visita a Toni, y alegando que no lo sabía, que solo quería verlo unos instantes, que no se trataba de nadie peligroso, que… lo único que conseguí es que me dijera que hablaría con el director para ver qué podía hacer, pero no me prometía nada porque las normas son muy estrictas. Mientras se solucionaba mi petición, me condujeron a un lugar, fuera del recinto donde había unos bancos de madera, que por cierto estaban muy quemados por los años, pero a pesar de su vejez, aún hacían su servicio. A unos metros estaba el patio de recreo, donde salen los reclusos para hacer deporte en su tiempo libre. Me acerqué a la valla y llamé a un señor que se encontraba de espaldas, al volverse y verle la cara me sorprendí, era el mismo hombre que me había encontrado en la calle y me había indicado el camino. Me dirigió una mirada profunda, a la vez que me preguntaba qué se me ofrecía. Sentí algo extraño en esa mirada y tardé en reaccionar. Le comenté que estaba esperando la hora de visita para ver a mi ahijado, que su nombre era Toni y hacía tres días que lo habían detenido, y preguntándole si lo conocía, asentó con la cabeza que sí, y con voz entrecortada acentuó.
–Precisamente está en un grupo que hay sentados bajo el techado verde, viendo el partido de fútbol que se está disputando.
La razón de dirigirme a él, fue precisamente para saber si Toni estaba allí y ganar tiempo, porque las horas para verlo se me hacían eternas, y como intuía que no me iban a permitir visitarlo ese día por la tardanza de la respuesta, pues, lo intenté por ese medio.
En dos minutos, Toni estaba frente a mí, sonriente pero a la vez tenso, porque aunque tenía clara su inocencia, sabemos que a veces la justicia comete errores.
–Madrina, soy inocente de lo que se me acusa. Tras la alambrada se ve todo tan negro, nunca pensé que llegaría a encontrarme en esta situación, aún me cuesta creerlo.
Su voz entrecortada lo hacía más infantil.
Le animé haciéndole saber que buscaríamos el mejor abogado, y en poco tiempo estaría disfrutando de la libertad que es lo más grande para cualquier ser humano. Inquieto y preocupado por si le llamaban la atención se despidió de mí con mirada triste y un gesto de sonrisa forzada. Al despedirme de él, no sé por qué, le pregunté quién era el hombre que le había avisado de mi presencia. –Apenas he tenido tiempo de conocerlo, pero creo que está en prisión, en régimen abierto, porque es el pabellón que ocupa.
En ese momento un guardia vino a llamarle la atención. Aunque estábamos distanciados por una doble valla, y apenas habíamos intercambiado unas breves palabras, tanto para él como para mí, fue suficiente para calmar mi ansiedad y su inquietud.
Durante dos meses fui a verlo una vez a la semana, al menos no se sentiría tan solo por unos minutos. Uno de esos días volví a ver a lo lejos al hombre de la mirada profunda, afirmado en la pared fumándose un cigarrillo, se veía pensativo y triste. No sé por qué me intrigaba ese hombre.
Caí enferma, con una fuerte bronquitis que me obligó a guardar cama durante quince días, tan solo hablé con él por teléfono una vez, porque estaba afónica y ni eso me podía permitir, entonces me comentó que los trámites habían sido rápidos y el juicio estaba al salir.
Ya restablecida, llamé a la cárcel para saber de Toni y cuál fue mi sorpresa al escucharlo tan contento y confirmarme que esa misma tarde saldría, que me puse muy nerviosa y me alegré tanto, que corrí a ponerme lo mejor que tenía para ir a recibirlo, quería sentirme guapa, aunque algo en mi interior me decía que ese gran entusiasmo no solo era por mi ahijado, sino que tal vez tenía algo que ver con aquel hombre que no me lo podía quitar del pensamiento, porque desde que sentí en mí aquella mirada, no sé si me siento halagada o tal vez enamorada. Lo iba a descubrir muy pronto.
Caminaba por un callejón que lindaba con la esquina de la cárcel, era más bien solitario, en el que tan solo había una farola y estaba oscureciendo, pues eran casi las siete de la tarde y en este invierno mediterráneo ya es de noche, cuando al pasar por el portal de una vieja casa aparentemente deshabitada, alguien me cogió y me introdujo a la fuerza tapándome la boca con una tela, que seguidamente ajustó lo bastante como para que no pudiese gritar. Presentí que era un hombre, su rostro no lo pude ver en la oscuridad pero sí pude percibir el olor a aftershave. Me arrastró hacia una habitación en la que había un colchón mugriento sobre el suelo y cuatro muebles viejos y destartalados, que apenas los veía con el destello de luz que desprendía una presumida farola, y que se filtraba por la ventana, no menos deteriorada que los demás enseres.
De todo ello me percaté arropada por el silencio y la impotencia de no poder gritar ni hablar y preguntarle ¿por qué, qué quería de mí, y quién era? De pronto se acercó ordenando que me desnudara y a la vez decía que no quería hacerme daño. Su voz me confirmó su masculinidad.
No entendía su postura pues, parecía algo tímido en la forma de expresarse. Comencé a desnudarme lentamente hasta quedarme en ropa interior, entonces me desató la boca y se alejó un poco como si yo le diese miedo. Todo ello en una oscuridad casi total.
Me costaba creer lo que me estaba pasando, por más que lo intentaba, no sabía lo que ese hombre pretendía porque no me trataba con rudeza, pero sí forzando una situación no elegida por mí. Al sentirme libre para poder hablar, le pedí que por favor no me hiciera daño y me dejara marchar. Él se sentó en el suelo cerca de la ventana y empezó a contarme los motivos que le habían llevado a cometer el rapto contra mi persona.
–Hace algunos años me condenaron por un delito que no cometí, una mujer había sido violada y torturada hasta dejarla casi sin vida, los daños causados la mantuvieron en coma algunos meses y por el hecho de pasar cerca de donde estaba el cuerpo de ella cuando la encontraron, pensaron que fui yo, y me condenaron a diez años de prisión. Ahora cuando han encontrado al verdadero culpable me han dejado en libertad, pero nadie me va a devolver los ocho años de sufrimiento que he pasado en esa maldita cárcel, por eso de alguna manera quería vengarme cometiendo el delito que antes no cometí, y tú te cruzaste en mi camino. Pasé años planeando esto, mi rabia me cegó miserablemente, pero he abierto los ojos a tiempo. No podría hacerte daño porque no soy tan despreciable como para llegar hasta ese punto, y además, aunque parezca extraño por mi situación, estoy enamorado de una mujer, que tan solo la he visto dos veces y no sería capaz de tocar a otra mujer que no fuese ella.
Por favor, ponte la ropa y vete, estás en el derecho de denunciarme si quieres, me lo merezco, ahora sí hay un motivo, y por ello me siento avergonzado. Un silencio absoluto pareció amordazar dos bocas por unos instantes. Te doy las gracias por escucharme, eres la única persona en muchísimo tiempo, que le he abierto mi corazón, ojalá algún día me puedas perdonar.
Así daba por terminada una explicación no solicitada por mí, pero que necesitaba echar fuera a causa de tanto dolor que albergaba su corazón. Por segunda vez se produjo un largo silencio, el cual ninguno de los dos nos atrevimos a romper, yo lo había escuchado con tanta atención, como miedo albergaba en mi cuerpo, y aunque me había dado la libertad también me había contagiado su dolor y la impotencia de no poder borrar el pasado.
Me disponía a vestirme cuando él lentamente se puso de pie, y con el trasluz de la ventana, vi un rostro el cual me parecía conocer, me acerqué y vi como de sus mejillas resbalaban dos lágrimas que hablaban por sí solas, ¡cuánto sufrimiento desprendía ese rostro!
Al estar los dos juntos cerca de la ventana la poca luz que entraba bastó para vernos las caras, sin duda era él, el hombre de la mirada profunda que había conocido días atrás, en ese momento comprendí que no me sentía halagada, sino, que estaba enamorada, y ahora con más motivo pues acababa de conocer lo más bonito que tiene una persona, que es cuando te habla con el corazón. De repente se esfumó todo el miedo que había acumulado en un corto espacio de tiempo, pero que mientras duró me pareció eterno.
El se quedó como paralizado, no podía creer lo que estaba ocurriendo, ahora se sentía avergonzado y de sus ojos volvieron a brotar dos lágrimas.
–¡No puede ser!, pero, ¡tú eres …! ¿Cómo he podido hacerte esto? Nunca me lo perdonaré.
Le cogí su mano y la puse en mi mejilla a la vez que con la mía limpiaba sus lágrimas que ahora eran de distinto color. Nos miramos largo y tendido sin mediar palabra alguna. Nos abrazamos sintiendo el calor de nuestros corazones que latían a un compás, ninguno se atrevía a romper ese silencio.
Nuestros labios se buscaron para saciar la sed de amor que ambos estaban privados.
Ahora aquella habitación, que al entrar me había parecido vieja y desordenada, aquél colchón mugriento y aquella oscuridad, todo ello me parecía ahora un paraíso en el que había salido el sol, solo para nosotros.
No hacían falta lianas para deslizarnos, en ese vaivén de versos que fluían de lo más profundo de nuestro ser, porque la distancia era mínima.
Ahora sí estaba en condiciones de hacer y entregar la obra en cuestión, cuyo título será, Me enamoré de un presidiario.
1ª Narrativa-Rosa García Oliver.
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